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Artículo de: Sergio Rupérez

En apenas 48 horas conoceremos los resultados de las elecciones estadounidenses, unos comicios que traspasan el ámbito nacional y que influyen en el devenir de nuestra sociedad global. Y es que EEUU sigue siendo, al menos hasta que se demuestre lo contrario, la potencia hegemónica en el mundo. La decisión que tomen finalmente sus ciudadanos tendrá por tanto un impacto clave en el ámbito internacional.

Todas las citas electorales en el marco norteamericano traen consigo siempre diversas particularidades en comparación a Europa, engrandecidas éstas por la espectacularización de las campañas, pero en esta ocasión los candidatos gozan de unas características que los diferencian del propio orden estadounidense tradicional. Por un lado, los demócratas presentan a Hillary Clinton, primera mujer en la historia de EEUU que opta a la Casa Blanca. Un novedoso guiño al creciente feminismo que inunda, a deshora, pero con intensidad, la realidad americana. La candidata es una vieja conocida del establishment, exprimera dama y exsecretaria de Estado, además de sólida activista, pues conoce mejor que nadie los resortes del poder y ha demostrado en innumerables ocasiones sus capacidades. Un animal político que desde sus inicios ha destruido estigmas sobre el, según algunos, superficial papel de la mujer en las altas esferas.

Clinton fue la sombra de Bill y después de Barack, pero nunca quiso adoptar un perfil bajo o secundario, hasta el punto que pudo ganar a este último en primarias, sino que se inmiscuyó intensamente en las resoluciones al más alto nivel convirtiéndose en una profesional de los asuntos de Estado. Con su flamante curriculum, parecía lógico que, retirado ya Obama, la demócrata apostara por conquistar el despacho oval. Lo que quizá nunca habría imaginado es que su sueño iba a estar amenazado por un factor subversivo: su oponente, el candidato republicano y showman, Donald Trump.

Sí, esa es la otra gran novedad, el líder que los conservadores, muy a su pesar vistas las últimas reacciones, han presentado. Un famoso gran empresario del juego, el ladrillo y el modelaje que, gane o no gane, ya ha revolucionado el mapa político americano con su retórica populista. Aunque cierto es que han existido numerosos presidentes con más sombras que luces, el caso de Trump es absolutamente inédito, pues recuerda más a un dictador de pomposidad fascista que a un presidente de la mayor Democracia del mundo. Durante la campaña el megalómano personaje se ha dedicado, además de a difamar y a enviar un mensaje sesgado y reaccionario, también a insultar a todos los que piensan distinto a él. Es decir, a alrededor de la mitad de la población americana y mundial. Un comportamiento intolerable que le desacredita como alternativa para ocupar la jefatura en Washington D.C.

Visto lo visto, es conveniente recordar que ambos candidatos tienen sus oscuridades, las vimos también con Clinton en temas sensibles como la Guerra de Irak, su elitismo congénito o ahora la polémica de los correos. Quizá Hillary no sea la mejor candidata en este momento, pues Bernie Sanders o incluso Michelle Obama parecían por su gran popularidad y pasado limpio, los adecuados para renovar el liderazgo demócrata. Pero es evidente que Clinton es la menos mala de las opciones en una coyuntura de crisis, radicalidad dialéctica y desencanto generalizado.

Pese a todo, cualquier persona pragmática con un mínimo de sentido común sabe que la candidata de Chicago ha de ser la opción ganadora. Hay muchas razones. Su preparación, su mirada cosmopolita, su defensa a ultranza del statu quo democrático, pero y, lo que es más importante, la imperiosa necesidad de evitar que un mezquino machista, homófobo y racista logre el poder universal. De su éxito depende que no condenemos a América y al resto del planeta a sufrir las consecuencias de ser gobernados por un tirano.

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